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Etiopía: entre la sangre y las urnas
por Federico Muiña , Héctor Barros
22 de junio de 2021

Etiopía va a elecciones en medio de la pandemia y de una guerra civil entre el gobierno y la región de Tigré. El actual mandatario Abyi Ahmed trata de reforzar la idea de la política por sobre la etnicidad, pero el conflicto se ha vuelto permanente. La historia del país, marcada por conflictos étnicos, la democratización de antiguas guerrillas, la guerra con Eritrea, el abandono del marxismo soviético y el crecimiento del etnonacionalismo, permiten entender la situación actual.

Etiopía tiene el privilegio de ser el único país que pudo resistir con éxito al rompecabezas creado por las potencias coloniales e imperialistas en África. Jamás fue conquistado por potencias extranjeras, salvo un breve período de ocupación italiana durante 1935-1936. Con 75% de la población perteneciente a cinco etnias distintas, una importante variedad lingüística y una organización territorial basada en el federalismo étnico, el conflicto armado en la región de Tigré -que ya lleva siete meses- puso contra las cuerdas al gobierno etíope comandado por Abiy Ahmed Ali. La intervención militar en esta zona, que limita con Eritrea y que hasta hace muy poco tiempo tenía al Frente Popular para la Liberación de Tigré (FPLT) como parte de la coalición de gobierno nacional, ya cuenta con cerca de 500.000 soldados movilizados, más de mil muertos –aunque se estima que son muchos más, ya que el trabajo periodístico y de organizaciones como Amnistía Internacional está muy limitado–, personas movilizadas, refugiadas y desplazadas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ya ha reportado y denunciado violaciones masivas a mujeres en la región. Este es el contexto en el que el próximo 21 de junio el país africano celebrará elecciones generales, pospuestas desde agosto de 2020 por la pandemia de coronavirus.

Las elecciones se desarrollan en un clima tenso, caracterizado por la guerra civil. Los contendientes serán el actual mandatario Abiy Ahmed Ali, del Partido de la Prosperidad (una organización sin distinción entre razas y etnias que se asume como continuadora del histórico Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, que pasó del marxismo-leninismo a la socialdemocracia), Berhanu Nega, el representante de Ciudadanos Etíopes por la Justicia Social, de centroderecha y con tintes nacionalistas y liberales, y Debretsion Gebremichael, el líder del FPLT. Esta última organización, que se encuentra en el centro de la guerra civil, es, a todas luces, compleja de entender: proviene del marxismo-leninismo (y en particular del hoxhaismo, como se conoce a la línea del ex dictador comunista albanés Enver Hoxha) pero en la actualidad defiende el etnonacionalismo tigreano combinado con ideas nacionalistas revolucionarias y «socialdemócratas». Las urnas tendrán la última palabra sobre el destino del país pero, hasta ahora, han sido las más desestimadas. En noviembre de 2020, se produjo una ofensiva militar del gobierno etíope contra la región de Tigré, donde el FPLT ejerce el gobierno. Una serie de desacuerdos habían sido la base para el comienzo del conflicto. Entre ellos se destacaban la decisión del mandatario Abiy Ahmed Ali de disolver la coalición multiétnica que había gobernado el país desde hacía años para formar otra, a la que el FPLT desistió de ingresar, seguida de un ataque de esta organización a una base militar etíope. Lo cierto es que las fuerzas enfrentadas con las armas en un conflicto que todavía no ha terminado, se batirán el próximo lunes en las urnas.

En África existen más de 2.000 idiomas (sin contar los dialectos, los cuales duplican esa cifra). De ellos, más de 2% se hablan en Etiopía, pertenecientes en su mayoría al segundo patrón lingüístico en importancia del continente, el afroasiático. Y, en cuanto al total de las etnias de Etiopía, más del 75% pertenece a cinco de ellas: oromos, amharas, somalíes, tigrayanos y sidamas. Con más de 115 millones de habitantes, Etiopía es el núcleo de la temperatura del «cuernómetro», es decir, de los niveles de tensión que se experimentan en la región nororiental del continente. Además, posee una característica muy particular en cuanto a su organización interna. Su sistema político-territorial es de base etnofederal, es decir, posee diez provincias o kililoch, administradas por etnias mayoritarias y con un nivel de autonomía bastante elevado.

Los problemas principales en la cuestión etíope forman un extenso catálogo: la delicada situación de las minorías en las provincias en función de los conflictos existentes y de la asignación y control de los recursos estatales; la asimetría del poder nacional debido a la existencia de etnias hegemónicas, que convierte al etnofederalismo en etnonacionalismo; la lucha de las mayorías étnicas por esa hegemonía junto al desbalance oligopólico del poder; la fragilidad de las alianzas que pueden llegar a existir en función de esto; el contenido militarista de ese federalismo, que lleva a la resolución de los problemas, de la manera menos diplomática posible; las acusaciones recíprocas por parte de los grupos armados y el uso de la artificiosa dicotomía terrorismo-antiterrorismo como justificación de la represión; el constante fluir y embalsamiento de refugiados, producto de los desplazamientos forzados; la dinámica y el control por las dos ciudades capitales, de corte multiétnicas: Adís Abeba y Dire Dawa; el culto a la personalidad ejercido por las organizaciones político-militares; y la injerencia de los países vecinos, en función de sus propios intereses políticos, territoriales, étnicos o religiosos.

En su libro Crítica de la Razón Negra, el filósofo camerunés Achille Mbembe afirmaba: «Ya se ha dicho aquí: no todos los africanos son negros. Sin embargo, si África posee un cuerpo, si África es un cuerpo, un ello, quien se lo da, sin importar el lugar del mundo donde se encuentre, es el negro». Este es parte del estigma racial que construyó la esclavitud y la conquista europea. Sin embargo, esto no debería llevarnos al idilio rousseauniano de creer que antes de la llegada de los europeos modernos, África constituía una especie de armónico Edén en donde la heterogeneidad étnica convivía sin conflicto. Por el contrario, sin la anuencia interna no se hubiese podido llevar adelante el tráfico o la conquista. De hecho, la presencia colonial hizo, sobre todo, de titiritera de los lazos locales, potenciando y utilizando conflictos y rivalidades interétnicas.

A pesar de la ingente variedad étnica de su territorio, de su federalismo étnico y del orgullo insistente en su abolengo salomónico, Etiopía es parte de esa totalización a la que hace referencia Mbembe. Los tres grupos étnicos mayoritarios provienen del polvo de las antiguas rocas del oriente africano. Pero muchos de los grupos etíopes tienen otros orígenes (como los nilo-saharianos) y no son, de ninguna manera, minorías poco visibles. Por el contrario, varias de ellas poseen una presencia bastante notable en sus respectivas regiones. De hecho, de las casi noventa etnias que existen en Etiopía —sin contar las cinco más numerosas— ocho de ellas oscilan en una población de entre uno y dos millones de personas, cifra para nada despreciable en cuanto al influjo político que pueden generar en el ajedrez regional.

A pesar de la ausencia del dominio colonial, Etiopía tiene el ingrediente religioso que suele actuar como catalizador de ciertas tensiones. A una región con una larga tradición judeocristiana se le sumó el islam de cuño sunnita, el cual logró dominar amplios sectores del cuerno de África, una de las zonas geopolíticas más inestables del planeta. Es por esto que Etiopía no se entiende sin la región del Cuerno, ni este sin el decurso político de aquella. De hecho, el resto de los integrantes de la región del Cuerno de África -Djibouti, Eritrea y Somalia, además de Kenya, los dos Sudán y Uganda- tienen un peso recíproco y notable en los acontecimientos políticos internos. Podría decirse, incluso, que la política nacional y la regional en África nororiental son la misma cuestión.

En Etiopía, los indicadores del crecimiento a partir del nuevo siglo no son el problema, sino la distribución inequitativa y el federalismo armado de muchas de las etnias con mayor presencia en el país. El federalismo puede solucionar muchos problemas en cuanto a la participación y visibilización de las minorías, pero también puede llegar a ser un semillero de conflictos futuros, sobre todo en una coyuntura tan compleja como la africana. La latencia de conflictos en un país administrado territorialmente con un criterio federativo-regional de tipo étnico no es nada extraño. A pesar de la primacía numérica de los oromo y los amhara, la «cosmopolítica» etíope estuvo casi dos décadas dominada por los tigreanos. Esto ocurrió luego de que, en 1991, un golpe de Estado –que terminaría con diecisiete años de gobierno comunista– derrocara al legendario Haile Mariam Mengistu, de la etnia amhara. Después del golpe, se exilió en el Zimbabue del ya difunto Robert Mugabe, donde todavía vive.

El personalismo es parte de la mitología africana del siglo XX. Tal es así que para que Mengistu ingresara en el Olimpo de la política etíope, tuvo que tomar el cielo por asalto en 1974 y deshacer la «neoteocracia» de otra leyenda viviente de ese entonces: Haile Selassie. Con Mengistu nacía el Derg (Consejo Administrativo Militar Provisional) de corte pro-soviético y en 1987 el país pasaba a llamarse República Democrática Popular de Etiopía. En ese contexto comienza a tomar forma una política de administración territorial de arquitectura étnica, basada en la compleja política sobre las «naciones» en la era soviética. Sin embargo, la Etiopía post-Selassie no se desarrolló en forma pacífica, sino en medio de una profunda guerra civil en la que grupos armados, tanto étnicos como ideológicos, se disputarán el control del país. De este modo, en 1991, Etiopía vivió el final de su propia Guerra Fría. Mengistu cayó frente al Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE), traccionado por Meles Zenawi, un tigreano militante, presidente de Etiopía desde 1991 hasta 1995 y primer ministro entre 1995 y 2012, año de su muerte y momento en que es reemplazado por el wolayta Hailemariam Dessalegn.

Durante la fundación del FDRPE, al final de la guerra civil, la postura de Zenawi fue la de reivindicar la violencia como ejercicio de la política marxista-leninista «antirrevisionista». Pero luego de su triunfo y la llegada al poder, los uniformes guerrilleros fueron abandonados por sacos y corbatas progresistas y su reivindicación de la violencia pasó a convertirse en una férrea defensa de la democracia. El nombre que obtuvo el país, como no podía ser de otra manera, fue el de República Democrática Federal de Etiopía. El primer problema a solucionar era la asimetría de los colectivos nacionales y, para ello, se mantendría la idea de constituir un sistema federativo de base multiétnica similar a lo que fuera en su momento los Balcanes o el Cáucaso.

Hacia finales de la década de 1990, la ruptura de Etiopía y Eritrea, después de cinco años de la independencia de aquella en 1993, fue un motivo de fortalecimiento de los lazos de la coalición gobernante. La guerra de 1998 se debió a problemas por la frontera de poco menos de 1000 kilómetros, que comparten ambos países. Pero, por otra parte, las disputas internas, las acusaciones sobre la falta de libertades políticas y la creciente represión, fueron generando un movimiento centrífugo que le dio forma a una entente política de oposición. Esto desembocó en una potente alianza para las elecciones de 2010, integrada por las ocho fuerzas integrantes del Medrek (Foro de Unidad Democrática Federal de Etiopía), de cuño oromo, aunque también somalí, tigreano y sidama junto a la Unión para la Democracia y la Justicia, de raigambre amhárica, en conjunto con algunas minorías. Tanto estas elecciones como las anteriores de 2005, estuvieron marcadas por las irregularidades y las acusaciones de fraude. Esto tensó aún más la situación. El conflicto de Ogaden en 2007 es una muestra de esto.

En 2015, durante el gobierno de Hailemariam Dessalegn, comenzaron a producirse protestas de la oposición encabezadas por la etnia oromo. El blanco de las acusaciones pasó a ser la región de Oromia, la más grande del país, que fue acusada de sedición y se le aplicó la Ley Antiterrorista. El saldo de este conflicto dejó numerosos muertos y heridos, que al poco tiempo se convirtieron en centenares durante la prolongación de las protestas y las huelgas, causadas por un contradictorio plan territorial que conllevaría el desplazamiento de muchos oromos de sus tierras de labranza en beneficio de la expansión de la mancha urbana de Addis Abeba, ratificando uno de los puntos del decálogo mencionado sobre la puja sobre las dos ciudades multiétnicas del país.

La fuerte represión en Oromia, los centenares de muertos y los encarcelamientos no carecieron de costo político para el oficialismo. En 2018, el primer ministro Hailemariam Dessalegn renunció a su cargo. Esto catapultó a los oromos al poder de la mano del carismático Abiy Ahmed Ali. Sin embargo, el nuevo primer ministro llevó adelante un plan «pan-etíope», que incluyera en una fuerza política a oromos, amharas, afares y somalíes, así como también etnias del centro del país, como los bertha, gumuz, nuer o anuak y los pueblos minoritarios de la región sur. Este nuevo intento etnofederal, llamado Partido de la Prosperidad, parecía descomprimir la situación que venía viviendo el país, a tal punto, que Abiy Ahmed fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

Sin embargo, la región de Tigré, al norte del país, no aceptó este llamamiento. De este modo, la secesión tigreana de la coalición gubernamental transformó a la región de forma inmediata en opositora. La represión federal no se hizo esperar, al igual que el endurecimiento de las posturas norteñas, que utilizaron como base de operaciones la vecina Eritrea, en donde la oposición al presidente de este país, Afewerki, se hizo eco de las protestas tigreanas. El eje de la negativa tigreana a formar la nueva coalición se justificó en el hecho de que el Frente de Liberación Popular de Tigré es considerado una organización de corte etnonacionalista que se encuentra perseguida bajo el peso de la Ley Antiterrorista. A comienzos de abril, comenzó a circular un video en donde soldados del ejército etíope asesinan a sangre fría a más de diez tigreanos de Mahibere Dego, un pequeño poblado del centro de la región de Tigré. El conflicto en Etiopía comenzó, en ese momento, a generar reacciones en cadena en los países vecinos, los cuales intentaron tomar ventajas políticas y territoriales, tal y como hizo Sudán del Sur, país en el que se exilió el líder tigreano Debretsion Gebremichael. Otro ejemplo es la suspicacia sobre la preparación de milicianos somalíes en Eritrea para combatir en Etiopía. Los conflictos de los países de esta región trascienden los límites de una soberanía demasiado endeble, en lo que a sus Estados respecta. El caso de los miles de refugiados y los pogromos contra los tigreanos es un ejemplo claro de esto. La crisis, que ya lleva medio año, fue definida de la siguiente manera por Jeffrey Feltman, nombrado recientemente como embajador en el Cuerno de África por el gobierno de Joe Biden: «Etiopía tiene 110 millones de personas. Si las tensiones y el conflicto civil en Etiopía y Tigré continúan escalando, la crisis en Siria va a parecer un juego de niños».

La situación no podría ser más compleja en Etiopía y en todo el cuerno de África. Hambrunas, sequías, casi medio millón de soldados movilizados, migraciones forzadas y refugiados, intervención militar, amnistiados rebeldes, críticas internacionales, choques armados, persecuciones, pandemia y por si esto fuera poco, elecciones. El Partido de la Prosperidad, del oficialista Abyi Ahmed, trata de reforzar la idea de la política por sobre los clivajes étnicos, en una atmósfera en la cual el avispero está más que agitado. Por su parte, los partidos opositores utilizan la represión estatal como carta para erosionar el poder de Ahmed. En junio se verá si el proyecto político de Ahmed puede continuar adelante sin deslegitimarse con el uso excesivo de la violencia estatal o, por el contrario, si la oposición logra consolidar un proyecto que vaya más allá de los alineamientos étnicos.


Federico Muiña

Es periodista. Ha colaborado en diversos medios como El Cohete a la Luna, Sudestada y Tiempo Argentino. Investiga la vida de la comunidad senegalesa en Argentina.

Héctor Barros

Es docente y geógrafo. Se especializa en África, el Cáucaso y los Balcanes.