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Una soga, no un brazalete
por Naomi Klein
10 de junio de 2005

Gordon Brown tiene una nueva idea de cómo hacer que «la pobreza pase a la historia» a tiempo para la cumbre del G-8 en Escocia. Como Washington se ha negado hasta ahora a duplicar su ayuda a Africa para 2015, el canciller británico llama a «los ricos estados productores de petróleo» de Medio Oriente a llenar el hueco. «Instan a los acaudalados petroleros a salvar a Africa», reza el titular del Observer de Londres.

He aquí una idea mejor: en vez de usar la riqueza petrolera de Arabia Saudita para «salvar a Africa», ¿por qué no usar la riqueza petrolera africana para salvar a Africa...junto con su riqueza en gas, en diamantes, oro, platino, acero y carbón?

Ahora que la nobleza obliga se enfoca en salvar a Africa de su miseria, parece buen momento para recordar a alguien que también trató de hacer que la pobreza pasara a la historia: Ken Saro-Wima, quien un noviembre de hace 10 años murió en la horca por orden del gobierno nigeriano junto con otros ocho activistas de la tribu ogoni. Su crimen fue atreverse a insistir en que Nigeria no era pobre, sino rica, y que las decisiones políticas tomadas en interés de las corporaciones trasnacionales occidentales eron las que mantenían a su pueblo en desesperada pobreza. Sato-Wima dio la vida por la idea de que la vasta riqueza petrolera del delta del Níger debería dejar algo más que ríos contaminados, tierra labrantía arruinada, aire putrefacto y escuelas derrumbadas. No pidió caridad, piedad ni «socorro», sino justicia.

El Movimiento para la Supervivencia del Pueblo Ogoni exigió que la Shell compensara a la gente de cuyas tierras había estado extrayendo petróleo por 30 mil millones de dólares desde el decenio de 1950. La compañía invocó la protección del gobierno, y el ejército nigeriano lanzó sus armas contra los manifestantes. Antes de ser colgado, Saro-Wima dijo al tribunal: «Mis compañeros y yo no somos los únicos sujetos a juicio. La Shell está también bajo proceso... De hecho, la compañía se ha escapado de este juicio en particular, pero su día llegará sin duda».

Diez años después, 70 por ciento de los nigerianos viven aún con menos de un dólar al día y la Shell todavía obtiene enormes ganancias. Guinea Ecuatorial, que tiene un importante acuerdo petrolero con ExxonMobil, «conservará menos de 12 por ciento de los ingresos en el primer año del contrato», según un reporte de 60 Minutos: una porción tan baja que habría resultado escandalosa aún en los tiempos en que el pillaje colonial estaba en su apogeo.

Esto es lo que mantiene a Africa en la pobreza: no la falta de voluntad política, sino la tremenda rentabilidad del acuerdo vigente. Africa subsahariana, la región más pobre de la Tierra, es también el destino de las inversiones más rentables: según el Informe Anual de Desarrollo Global 2003 del Banco Mundial, ofrece «los mayores rendimientos a la inversión extranjera directa de cualquier región del planeta». Africa es pobre porque los inversionistas y sus acreedores son tan indeciblemente ricos.

La idea por la que Saro-Wima murió combatiendo -que los recursos de la tierra deben utilizarse en beneficio de la gente que la habita- yace en el centro de toda lucha anticolonial en la historia, desde la Merienda del Té en Boston, Estados Unidos, hasta la ocupación de la Compañía Anglo-Iraní del Petróleo en Abadán. Esta idea ha sido declarada muerta por la Constitución de la Unión Europea, por la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (que describe el «libre comercio» no sólo como política económica, sino como «principio moral») y por incontables acuerdos de libre comercio. Y sin embargo se niega a morir.

Se le puede ver con la mayor claridad en las incontables protestas que llevaron al presidente de Bolivia, Carlos Mesa, a ofrecer su renuncia. Hace una década Bolivia fue obligada por el FMI a privatizar sus industrias del petróleo y el gas a cambio de la promesa de que con eso incrementaría el crecimiento y extendería la prosperidad. Cuando no funcionó, los acreedores demandaron que el país redujera su déficit presupuestario elevando impuestos a los pobres. Los bolivianos tuvieron una idea mejor: recuperar el gas y utilizarlo en beneficio del país. El debate relativo a cuánto gas había que recuperar ha terminado. El Movimiento al Socialismo de Evo Morales propone imponer un gravamen de 50 por ciento a las ganancias petroleras. Grupos indígenas más radicales, que han visto sus tierras despojadas de su riqueza mineral, exigen nacionalización total y mucha mayor participación, lo que llaman «nacionalizar el gobierno».

También lo podemos ver en Irak. El 2 de junio Laith Kubba, vocero del primer ministro iraquí, dijo a los periodistas que el FMI había obligado a su país a incrementar el precio de la electricidad y del combustible a cambio de cancelar deudas del pasado: «Irak tiene deudas por 10 mil millones de dólares, y me parece que no podemos evitarlo». Pero días antes, en Basora, una histórica reunión de sindicatos independientes, en su mayoría afiliados a la Unión General de Empleados Petroleros, insistió en que el gobierno podía evitarlo. En la primera conferencia antiprivatización en suelo iraquí, los delegados demandaron que el gobierno se niegue a pagar las «odiosas» deudas de Saddam Hussein y se opusieron a todo intento de privatizar los bienes del Estado, entre ellos el petróleo.

El neoliberalismo, ideología tan poderosa que intenta hacerse pasar por «modernidad» mientras sus maniacos adeptos se disfrazan de tecnócratas desapasionados, no puede ya sostener que tenga consenso. Fue rechazado en definitiva por los votantes franceses cuando dijeron no a la Constitución de la UE, y podemos ver cuán odiado se ha vuelto en Rusia, donde grandes mayorías odian a quienes se beneficiaron de las desastrosas privatizaciones de los noventa y pocos lloraron al recientemente sentenciado oligarca petrolero Mijail Khodorkovsky.

Todo esto ocurre en momentos muy oportunos para la cumbre del G-8. Bob Geldof y los militantes de Que la Pobreza Pase a la Historia han convocado a que decenas de miles de personas a vayan a Edimburgo y formen un enorme cerco blanco en torno al centro de la ciudad el 2 de julio, en referencia a los brazaletes de su movimiento, que ahora se ven por todas partes.

Sin embargo, parece una vergüenza que un millón de personas hagan un viaje tan largo para ser una baratija gigante, un acceso colectivo del poder. Qué tal si cuando todas personas se tomen de las manos, declaren ser no un brazalete, sino una soga, una soga alrededor de las letales políticas económicas que ya han segado tantas vidas, por falta de medicamentos o de agua limpia, por falta de justicia.

Una soga como la que mató a Ken.


Artículo publicado antes en The Nation (www.thenation.com).

Traducción: Jorge Anaya.

Naomi Klein