Perú

Sobre distopías y mitos heroicos: cuando un lápiz le ganó a las pantallas led

22 de junio por Gonzalo Armua


Lima es una ciudad distópica, perdida entre el pasado y un hipotético futuro lejano. Sus edificios coloniales del centro contrastan con las viviendas populares de la periferia. Sus cerros resecos de polvo se muestran abigarrados, son cientos de miles de casillas sostenidas contra la gravedad, casi colgando de la superficie yerma. Un cuadro sacado de una película de ciencia ficción ciberpunk. Es esa bruma que cubre todo, es esa periferia inabordable, son los edificios delgados sin columnas, de tres o cuatro pisos y calles angostas, de baldíos pedrosos y basura; es la Lima del pollo frito y el tránsito insufrible. En ese lugar donde la modernidad llego como basura y publicidad, en ese lugar lo “dejado atrás” también puede ser el futuro.

Pero no es solo Lima, Perú es un país de tensiones irresueltas, de contradicciones profundas que convergen y se coagulan con distintos tenores: clases sociales, etnias, región del puerto vs región de sierra y selva; la república con la colonia; y estas dos que se superponen con los caballos, el ayllu y el buen vivir.

Dictadura neoliberal

Los años ‘90 fueron años de una dictadura atípica: un japonés que se aplicó un golpe de Estado y aplicó el neoliberalismo en un mundo andino y milenario con mano de hierro. Una familia no tradicional que se ganó su lugar en la élite peruana a punta de pistolas y dinero fácil. Pero que a pesar de su arribismo de clase y étnico no dejo de cumplir con todas las pautas coloniales y neocoloniales, muchas de ellas mixturadas con aporofobia. Un ejemplo de esto fueron las esterilizaciones masivas de mujeres pobres, achoradas y provenientes del campo. Así los señores “modernos” quitaban hasta la libertad de decidir sobre los cuerpos de millones de mujeres que cargaban el delito de “ser pobres e indias”.

Si esto sucedía en las periferias de las ciudades, en las zonas rurales el escenario se completaba con masacres y violaciones en masa. La misma película ya vista cientos de veces: “la lucha contra las drogas y contra la guerrilla”, que en verdad es una lucha del poder contra los pobres e indeseados en la sociedad de consumo. La familia Fujimori dejó una huella imborrable en esta cultura, la huella de la muerte, del desprecio y de la desmemoria neoliberal. Así Perú “entraba en la modernidad” una pirámide de pobres y cadáveres para elevar unos pocos a los cielos del consumismo y los teléfonos inalámbricos. Los restos -desperdicios- se derramarían hacia las mayorías para regocijo y progreso.

El Perú del siglo XXI sería una larga transición hacia el vacío, donde las traiciones y la podredumbre serian un continuo en el descenso espiralado de la clase política en este país. Mientras el resto del continente se abría a procesos populares y emancipadores, el país andino se convertía en sede de todos los linajes de la derecha, lustrabotistas y neoliberales de diversa alcurnia. Perú se congraciaba con ser una segunda marca de Colombia. Lo que esta última sería en términos militares, el primero lo sería en términos informáticos – diplomáticos. El sumum de esta subordinación geopolítica se vería años más tarde con el tristemente celebre “grupo de Lima” , liderado por PPK, un presidente que no duro ni un año en el gobierno.

La crisis del salvavidas de la crisis

Con la alineación de todo el sistema político tradicional detrás de Keiko Fujimori lo que se puso en evidencia en este 2021 es que los recursos democráticos y los valores moralizantes de la derecha neoliberal ya no le alcanzaban y debían replegarse hacia sus núcleos duros. Su máscara pseudo-liberal dejaba lugar al despotismo, a su lógica mafiosa y cleptocrática.

En su evidente desesperación frente al modelo que se cae a pedazos, han recurrido al fujimorismo como último salvavidas para contener esta crisis que es sistémica, pero que en Perú es la síntesis de varios problemas irresueltos que acarrea a lo largo de su historia.

La crisis mas reciente es la política: con 5 presidentes en solo cuatro años, se evidencia un problema en el sistema político neocolonial, manejado desde la tecnocracia limeña. Esto también expresa la subordinación forzosa de la región andina y amazónica, el otrora motor civilizatorio, ahora sobrevive bajo el peso decadente de la costa en su formato exportador de riquezas e importador de consumismo. La región serrana ha sido marginada económica y políticamente de las decisiones históricas y hasta identitarias del último siglo, al menos.

También existe una crisis del imaginario de Nación en el Perú. Un imaginario construido sobre la idea del mestizaje que hace aguas por todos lados, en una cultura claramente plurinacional. Este debate -que cada varios años se reabre- parece estar explosionando nuevamente, enhorabuena. De esta tensión se deriva otro tema irresuelto, que no es menos profundo y tiene que ver con el racismo que impregna todo el sistema. Se evidencia en los medios masivos de comunicación, en los discursos políticos y hasta en charlas de mercado. Todos estos temas abiertos arrastran décadas y hasta siglos de fermentación.

El miedo

Frank Hebert incorporo una famosa frase en sus sagas de Dune: “El miedo en el asesino de mentes”.

La derecha peruana parece haber gobernado a través del miedo: El miedo a no ser, el miedo a no parecer , el miedo al terrorismo, al comunismo, a las drogas; el miedo a no entrar a Lima. Es ese miedo el que aún persiste en los sectores medios- altos de Lima pero que ha ido perdiendo efecto en el resto del país fue la base del fujimorismo en los años ‘90 y en la campaña reciente.

Solo ese miedo introyectado podía ocultar la obviedad de esta decadencia del régimen neoliberal colonial. Ese zombi político quería salvarse profundizando su dependencia y hasta utilizar la fracción mas retrograda de todas. Todos menos, los cuicos y demás expresiones zoológicas tan características de la dependencia cultural y económica de este rincón del mundo podían darse cuenta de la jugada. Ese sector que se odia a si mismo por no ser lo que le han metido en su cabeza que debería ser y que busca culpables en los desposeídos, en los marginados para no aceptar su propio patetismo. Esos sectores creen que Vargas Llosa es una persona ilustre. Un escritor que no escribe una novela , o un cuento, hace décadas y se la pasa haciendo stand ups sobre liberalismo berreta. Una figura así solo es creíble para sectores que solo actúan “como si”, pero que nunca usaron su tiempo privilegiado de ocio para leer demasiado. Esos mismos sectores mas asustados por el “comunismo diabólico” que por el Covid que mató ya a mas de 180 mil compatriotas, esos sectores son los que buscan la salvación en el voto a la señora K. También hay gente buena con un honesto temor a perder lo poco construido con mucho esfuerzo, eso también es cierto.

La victoria del profesor Castillo es una victoria contra ese fantasma que han resucitado con fervor desde la derecha y desde su brazo comunicacional. Por eso esta victoria del 6 de junio – con su retraso en la oficilización- no debe ser leída sólo como una victoria electoral, sino como una vitoria histórica, con grandes repercusiones en la vida política, social y cultural de Perú.

Un lápiz puede vencer a cientos de pantallas

Pero en la bruma de Lima un día empezaron a divisarse sombreros chotanos, al inicio unos pocos, luego cientos y luego miles. Era el festejo popular, en alerta, siempre en espera de un posible último zarpazo de la bestia. Pedro Castillo había ganado con el voto popular pero las fuerzas de la modernidad mafiosa intentaban impedir con uñas y dientes que llegue ese nuevo momento histórico. En esos días de junio, Lima fue la condensación de contradicciones existentes, pero ahora con un detalle no menor, la esperanza del pueblo en uno de los suyos. La distopía se convirtió en esa utopía tan necesaria para los procesos populares y tan olvidada por muchos progresistas, que sigue interpretando a los mitos como si fuesen una rémora del pasado y no un germen del futuro con sello propio.

La victoria de Perú Libre y la llegada a la presidencia de Pedro Castillo es un verdadero hito del realismo mágico nuestroamericano. Si José Carlos Mariátegui no fue el creador de esta campaña, al menos es su jefe teórico, con un lápiz de madera que condensa los ideales de honestidad, de estudio, de educación y progreso en un mundo de notebooks, celulares y educación virtual parece un libreto sacado de la maquina del tiempo. Pero no. Porque la verdad del pasado , del presente y del futuro no está en los grandes eruditos sino en las mayorías populares y son esas mayorías las que quedaron afuera del tren del progreso. Si el tiempo es relativo , este no es igual para quienes van en el tren que para quienes miran desde fuera. Esos que miraron desde afuera todo el siglo XX y parte del XXI quieren tener educación, salud, y dignidad. Todas estas tareas que la “modernidad” prometió pero que nunca cumplió. Y tuvo que venir un docente rural, un rondero, a devolver esta esperanza y retomar esa promesa.

Porque las élites latinoamericanas nunca quisieron ser dirigentes, siempre se contentaron con obtener ganancias astronómicas para su sector y nada mas. Por eso son los sectores populares , los excluidos quienes están llamados a concretar las tareas democrático- populares que hace décadas y décadas anhelan nuestros pueblos. Esto no es el pasado, es el futuro.

El lápiz expresa esas tareas inconclusas de la modernidad y subvierte el orden. El Perú del bicentenario tendrá millones de lápices dibujándolo y miles de sombreros chotanos luciéndose en las grandes avenidas de Lima. Esto no es el pasado, es el futuro.

La vuelta del incarri

No está muy claro en qué momento de la bruma de la historia entre la conquista y los siglos XVI Y XVII surgió el mito del renacer del Inka y del Tawantinsuyo, pero esa idea potente serviría de base ideológica para las sublevaciones e insurrecciones contra la colonia que se darían una y otra vez en las décadas posteriores. La más famosa y transcendental seria la revolución de Tupak Amaru, que pondría en serios peligros al virreinato y motivaría a los revolucionarios de años próximos. Entre la poblada se corría el rumor de que había llegado el nuevo inka, el inkarri para devolver justicia y buen vivir a los indios explotados y vilipendiados durante más de tres siglos. Finalmente la derrota de José Gabriel Condoncarqui y Micaela Bastidas cerró nuevamente esa ventana histórica, aunque el mito quedaría marcado a fuego en la memoria colectiva, volviendo a la vida cada medio siglo.

Por eso cuando Mariátegui habla del mito como necesidad en la construcción del socialismo, lo hace en la misma cultura que dio inicio al inkarri y las cientos de insurrecciones populares durante y luego de la colonia. Esa densidad tan hermosamente contradictoria que tuvo a un militar revolucionario como Velasco que hizo un golpe de Estado con un programa de gobierno cuyo nombre era Plan Inka y que al aplicarlo se ganó el odio de la élite de derecha y progresista por décadas.

Ese Perú donde los descendientes de japoneses llegaron a poner a un presidente /dictador pero los hijos de indios y mulatos tuvieron que seguir esperando su turno por décadas, ese Perú se está cayendo a pedazos. Un día, de forma inesperada, todas esas décadas de lucha, todos esos siglos de espera, se concretizaron con un lápiz y un sombrero. Y la distopía de Lima se convirtió en la utopía de un mundo mejor. Los marginados y vilipendiados han decidido montarse en el caballo de la historia y echar a andar.




Fuente: Resumen latinoamericano

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