Con Obama, arremetida contra América Latina

8 de noviembre de 2009 por Angel Guerra Cabrera


A un año de la elección de Barack Obama, el saldo de la política de
Estados Unidos hacia América Latina es muy desfavorable para sus
pueblos y lejana de las expectativas de un trato más amistoso generadas
durante su campaña electoral. Hagamos un somero recuento de los tres
asuntos fundamentales que en este año muestran a las claras un rumbo
imperial de arremetida contra América Latina.

A dos meses de la llamada Cumbre de las Américas, donde Obama
anunció una nueva etapa en la relación con los vecinos del sur, se produjo
el golpe de Estado en Honduras, dirigido -como afirmó Hugo Chávez- al
eslabón más débil de la Alba. Tal vez otro de los objetivos de las fuerzas de
ultraderecha del establishment involucradas fuera desacreditar las
expectativas sobre las presumibles buenas intenciones de Obama hacia
Latinoamérica, pero si el cuartelazo, como ha trascendido, salió de la base
de Soto Cano, con la aprobación del Comando Sur, de funcionarios del
Departamento de Estado y con la complicidad del mismísimo embajador
estadunidense Hugo Llorens, ¿no es Barack Obama en su condición de
cabeza del Ejecutivo el comandante en jefe de las fuerzas armadas y el
superior de la señora Clinton? Lo cierto es que han pasado más de cuatro
meses desde el golpe y las acciones del gobierno de Obama han sido
débiles, tardías y contraproducentes al objetivo proclamado de restituir al
presidente Zelaya. Con la mediación de su vasallo Óscar Arias, Washington
dio respiración artificial a los golpistas justo en el momento en que
quedaron totalmente aislados y repudiados por la ONU, la Unión Europea y
hasta por la OEA. Más tarde, en el momento en que el ingreso clandestino
de Zelaya al país unido al empuje de la resistencia popular ahondó la crisis
política de la dictadura, el Departamento de Estado y la Casa Blanca
prosiguieron alimentado un marco negociador que enfatiza en reconocer a
la dictadura como actor principal de una solución política, como se ha
demostrado en los últimos días. Sus acciones, en suma, han ido
encaminadas a socavar la legitimidad del presidente Zelaya y a que, en el
mejor de los casos, se le restituya sólo con carácter protocolar y sin tiempo
para influir en el resultado de las elecciones del 29 de noviembre, las
mismas que Estados Unidos y la OEA pretenden convalidar no importa el
clima de represión masiva y ausencia de las más elementales garantías Garantías Acto que proporciona a un acreedor una seguridad en el cumplimiento del compromiso del deudor. Distinguimos entre garantías reales (derecho de retención, fianza, prenda, hipoteca, privilegio) y las garantías personales (caución, aval, carta de intención, garantía autónoma).
democráticas que las ha precedido. Todo sin tocar un pelo a los golpistas,
ni desmantelar la estructura institucional en que se originó el golpe, ni
sancionar a los autores de la feroz represión desatada. Todo, en fin, a
espaldas del pueblo.

Por otro lado, tenemos las siete bases militares de Estados Unidos en
Colombia y con ellas la cesión adicional a la fuerza aérea de la potencia del
norte de siete aeropuertos civiles del país para que también los utilice a su
antojo. Como bien dice el documento del Pentágono cuyo facsímil publica la
revista colombiana Semana en su última edición, se trata de una
oportunidad única para realizar operaciones contra gobiernos
antiestadunidenses. Léase Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay,
Nicaragua, El Salvador, Guatemala; no se diga Cuba y, ¿por qué no?,
también podrían ser Brasil y Argentina. En fin de cuentas lo que decida
Washington según su conveniencia. Es muy certero afirmar que Colombia
se ha convertido en una gran base militar yanqui y dada su privilegiada
posición geográfica se transforma por eso en una amenaza sin precedente
para la libertad y la independencia latinoamericanas que exigirá una gran
batalla popular por sacar esas bases.

El otro asunto que pone en solfa toda la retórica obamiana de una nueva
etapa en el trato con América Latina es el bloqueo a Cuba, que continúa
intacto, infamia que el gobierno de Estados Unidos intenta justificar, como
se vio en boca de su representante en la ONU Susan Rice después de la
condena a la medida genocida por 187 de los 192 estados miembros del
organismo. Es penoso el espectáculo de una inteligente mujer
afroestadunidense de antecedentes progresistas trasformada en una
arrogante vocera del cruel castigo al pueblo cubano, pero en el fondo, como
en el caso de Obama, ocurre que quieran o no, al llegar a la Casa Blanca o
claudican de sus anteriores ideales o tienen que irse, como ha ocurrido ya
con varios de los colaboradores del afroestadunidense.

Fuente : La Jornada




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