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Uruguay
Uruguay Natural, del monocultivo a la contaminación industrial
por Nicolás Centurión , Eduardo Camín
3 de septiembre de 2021

Si de políticas de Estado tenemos que hablar, la forestación de eucaliptus y las plantas de celulosa han sido fruto de sendas leyes y administraciones de gobierno, que desde la década del 80 han transitado, sin moverse un milímetro del camino trazado, de Uruguay como país exportador de materias primas.

Uruguay Natural era el slogan que utilizaba el centroizquierdista Frente Amplio para promocionar el país tanto al exterior como a la interna, para fomentar el turismo y rescatar sus virtudes. Pero, ¿hasta qué punto es tan natural Uruguay con los megaproyectos de las plantas de celulosa que comprometen la tierra y el agua por generaciones? ¿Hasta dónde el slogan tapó la realidad de cientos de miles de hectáreas exprimiendo la zona del Acuífero Guaraní?

Derechas y progresistas han sido indistinguibles en este aspecto y ya se está construyendo la tercera planta de celulosa en tierras orientales. Las protestas de organizaciones ambientalistas y vecinos afectados por estas siguen dando batalla.

Las papeleras del mundo

Uruguay fue visualizado –entre otros países del Tercer Mundo– como un productor potencialmente interesante de madera pulpable, y los gobiernos nacionales a partir de 1988 hasta la fecha sin distinción de signo político, siguieron al pie de la letra las recomendaciones de los organismos internacionales.

Para los sucesivos ministros de Economía en particular para el centroizquierdista Danilo Astori los mil millones que invertía la trasnacional finesa Botnia en su momento significaba un crecimiento del 1.6 por ciento del PBI, pero sobre todo, (cito)“serán una buena señal para los inversores internacionales, a los cuales el gobierno aspira atraer para resolver la crisis económica del país”( Semanario Brecha “Visiones del Desarrollo” de Sergio Israel).

La realidad es que menos de la mitad del capital salió de Finlandia, ya que la mayor parte corresponde a la parte que se invirtió en maquinaria.

Un antiguo y nunca desmentido ranking elaborado por Naciones Unidas ubica la obtención de pasta de celulosa entre las cinco actividades industriales más contaminantes. Es decir, aquellas que liberan subproductos de alta persistencia en el ambiente (los organoclorados, principalmente) y potencialmente cancerígenos.

Tanto ENCE (de origen español) como Botnia (de origen finlandés) tienen –de forma directa o por la tecnología que utilizan– precarios antecedentes en esta materia. Hace algunos años el alcalde de Pontevedra habría recomendado a su par de la ciudad argebtina de Gualeguaychú que hiciera lo imposible por impedir la planta de ENCE en Fray Bentos, Río Negro. Y se presumía que sabía de lo que hablaba.

A Botnia –o a su tecnología– le atribuyen tanto la supuesta limpieza de la producción de celulosa en los alrededores de Helsinki como dos episodios tan confusos como lesivos para el ambiente. Uno, el de una planta instalada en Valdivia, Chile, donde organismos oficiales de Estados Unidos reclamaron el cese de su funcionamiento por haber destruido el santuario natural de río Cruces, donde de 6.000 cisnes apenas quedaron 300 agobiados por la contaminación liberada aguas arriba.

La otra es la planta de Espíritu Santo, en Brasil, donde comparten la crítica por la contaminación fabril con las acusaciones de haber favorecido la pérdida de bosques nativos a favor de megaplantaciones de pinos y eucaliptos con horizonte de papel.

Los expertos dicen que no sólo la liberación de ingentes cantidades de sustancias nocivas es motivo de contaminación. No obstante hay quienes sostienen que se trata de un nuevo episodio de la saga que confronta al medio ambiente con el progreso y que sólo se trata de controlar que no se contamine por encima de los valores permitidos (de contaminación).

Cuestión ésta que es más difícil explicar, sin recurrir a los clásicos y a cierto “setentismo”, ¿por qué la Unión Europea resolvió erradicar de su territorio la tecnología de producción de pasta de celulosa que persiste y se inaugura día a día por estos arrabales?

La tercera es la que vence

Empieza a levantarse el esqueleto de lo que será la tercera planta de celulosa en Uruguay; la segunda de la empresa finlandesa con 5.000 trabajadores en la obra, de lsop cuales casi 700 son extranjeros.

Se prevé que el pico de contrataciones de la inversión en su totalidad sea en octubre, cuando se empleen 6.000 trabajadores y una inversión total de 3.000 millones de dólares. La empresa estima que, cuando la planta esté en pleno funcionamiento, se ocuparán unos 10.000 puestos de trabajo entre empleos directos, indirectos e inducidos. Esto son 4.000 más que el pico de empleo que se dará en octubre, durante el auge de la obra.

Desde UPM – UPM-Kymmene Corporation, empresa finlandesa dedicada a la fabricación de pulpa de celulosa, papel y madera- señalan que el porcentaje de personal extranjero bajó en un 50% desde la instalación de Botnia, la primera planta, inaugurada en 2007. En aquel entonces los trabajadores foráneos rondaban los 1.400.

El crecimiento de las plantas forestales, la plantación, la cosecha en 12 departamentos del país, demuestra el avance de la forestación a pasos agigantados y oculta su lado B: la extranjerización de la tierra y la falta de acceso para las familias rurales. El 64% de las tierras vendidas en los últimos 19 años era de uruguayos y casi la mitad pasó a manos de sociedades anónimas.

Stora Enso con 308.000 hectáreas, es una empresa sueco-finesa que se dedica a la producción de pulpa de celulosa y papel, formada de la fusión de la compañía minera y forestal sueca Stora y la forestal finesa Enso-Gutzeit Oy. Tiene su sede en Helsinki, cuenta con aproximadamente 46.000 empleados y el Estado finlandés es su principal accionista. Tiene vínculos con Montes del Plata y UPM.

Forestal Oriental (UPM) con 115.709 hectáreas, y de ese mismo grupo figura la subsidiaria Uruwood con 115.000 hectáreas y Eufores, una empresa adquirida en 2009 por el joint venture conformado por Arauco y Stora Enso

UPM es socio suscriptor del think tank CERES del que fue director el ex canciller Ernesto Talvi. Los Otegui, una de las familias dueñas del Uruguay, poseen el 10% de la empresa UPM. Javier Otegui se dedica al sector forestal e Ignacio Otegui fue 23 años (el que más estuvo en el puesto) presidente de la Cámara Uruguaya de la Construcción.

Miguel Otegui fue diputado por el Partido Nacional y la familia aportó para la campaña de este partido con un millón de pesos como apunta Juan Geymonat en su artículo “Hay margen” en el semanario Brecha. El presidente de la República al ser consultado si iba a gravar a las grandes empresas como UPM, lo negó rotundamente. El favor está devuelto y el negocio queda en familia.

El pasado 20 de agosto, el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou, recibió a los principales ejecutivos de UPM. Participaron del encuentro el presidente y CEO de UPM, Jussi Pesonen, el vicepresidente ejecutivo, Bernd Eikens, y el vicepresidente senior del Proyecto de Desarrollo de UPM en Uruguay, Petri Hakanen.

Ambientalistas y vecinos afectados por la instalación del tren de la empresa finlandesa UPM, presentaron el mes de agosto una denuncia a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA).

“Se basa en irregularidades cometidas por el Estado uruguayo y UPM para instalar la planta de celulosa eludiendo las garantías del debido proceso, alterando los procedimientos de autorización ambiental, desconociendo la Constitución y las leyes protectoras de derechos humanos y medio ambiente y los tratados internacionales respectivos que es signatario Uruguay”, versa el comunicado del Movimiento por un Uruguay Sustentable (Movus), una de las organizaciones que impulsó la denuncia.

En un mundo que fluye en la inseguridad general, encerrado entre las dinámicas despiadadas del capitalismo y el riesgo de nuevas derivas autoritarias, el hombre lucha para exorcizar miedos y dudas. En esta nueva fase del capitalismo no crece la interdependencia, sino que se agudiza y profundiza la dependencia de los países subdesarrollados.

En la era del neoliberalismo, los Estados caen bajo el control de élites superprivilegiadas, asociadas al capital financiero internacional, cuyos intereses se distancian cada vez más de los del conjunto de la nación.

Estas tesis plantean que no hay otra opción: lo único posible es funcionar dentro del sistema, para intentar mejorarlo; pero lo que objetivamente ocurre es que son asimiladas, aplican las políticas neoliberales y entran en contradicción con su pasado, sus programas y sus bases. Ese camino conduce a administrar o coadministrar la crisis del capital en beneficio de los capitalistas y a cargar con los costos que a ellos les corresponden.

El capitalismo, en su fase neoliberal, demostró ser un sistema basado en el incremento sin límites de la desigualdad y la marginación, que beneficia exclusivamente a las trasnacionales y las élites locales a ellas asociadas. Hemos dejado de ser “nacional” para constituirse como una clase transnacional, y “la izquierda” fue olvidando la idea de clase y, en su versión socialdemócrata, se ha dedicado a gestionar el capitalismo.

Habrá que preguntarse, en el mar de la globalización, cuánta ecología le toca a la parte más desigual del mundo.


Centurión es Licenciado en Psicología, Universidad de la República, Uruguay. Miembro de la Red Internacional de Cátedras, Instituciones y Personalidades sobre el estudio de la Deuda Pública (RICDP). Camín es un periodista uruguayo, acreditado en la ONU. en Ginebra. Ambos, analistas asociados al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Fuente: Revista Periferia Uruguay

Nicolás Centurión

Licenciado en Psicología, Universidad de la República, Uruguay. Miembro de la Red Internacional de Cátedras, Instituciones y Personalidades sobre el estudio de la Deuda Pública (RICDP). Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la). Integrante de la Red CADTM -AYNA.

Eduardo Camín

Es periodista uruguayo, acreditado en la ONU. en Ginebra.