¿ Qué desarrollo frente a la pobreza ?

11 de noviembre de 2006 por Nicolás Angulo Sanchez


El modelo de crecimiento económico inherente a la actual globalización Globalización (ver también Mundialización)

Origen y sentido de este término anglosajón: en inglés, la palabra «global» se refiere tanto a fenómenos que interesan a la (o las) sociedad(es) humana(s) a nivel del globo como tal (es el caso de la expresión «global warming» que designa el efecto invernadero), como a procesos que poseen la característica de ser «globales» únicamente en la perspectiva estratégica de un «agente económico» o de un «actor social» preciso. En lo que estamos viendo, el término «globalización» nació en las bussiness schools norteamericanas y reviste el segundo sentido. Se refiere a los parámetros pertinentes de la acción estratégica del gran grupo industrial. Lo mismo sucede en la esfera financiera. A la capacidad estratégica del gran grupo de adoptar una aproximación y una conducta «globales». En un debate público, el patrón de uno de los mayores grupos europeos explicó, en sustancia, que la «globalización» representa «la libertad para su grupo de implantarse donde quiera, cuando quiera, para producir lo que quiera, aprovisionándose y vendiendo donde quiera, y en donde tenga que soportar las menores obligaciones posibles en materia de derechos laborales y convenciones sociales» (extraido de Chesnais, 1997[a]).
-mundialización comercial y financiera no sólo no contribuye a erradicar o reducir la pobreza y la desigualdad económica y social a escala planetaria, sino que las agudiza y agrava aún más. De hecho, el modelo de desarrollo propiciado por esta globalización-mundialización no es otra cosa que una nueva fase o etapa expansiva del capitalismo por todos los rincones del planeta, con la obsesión de convertir todo lo existente en mercancías, a fin de aumentar e intensificar el proceso de acumulación de capital. Para ello necesita ineludiblemente un poderoso aparato militar de carácter imperial que tensione las relaciones internacionales en su favor e intervenga in situ, si es preciso, en aquellos lugares y frente a aquéllos que no se avengan a ello.

Por otro lado, cuando hablamos de desarrollo humano y de reducción de la pobreza, no debemos referirnos al consumo desenfrenado de mercancías (desde automóviles, computadoras o teléfonos móviles cada vez más potentes hasta una variedad prácticamente ilimitada de cualquier producto), sino a la posibilidad de que todos los seres humanos satisfagan sus necesidades básicas de alimentación, salud, vivienda, educación, por ejemplo, así como de disponer de tiempo suficiente para gozar de la cultura y de las artes, tener relaciones sociales enriquecedoras, hacer realidad nuestras vocaciones legítimas en cualquier ámbito que elijamos y, asimismo, tener tiempo libre para el descanso. Se trata de una concepción de la riqueza humana, y por consiguiente de la pobreza, que va mucho más allá de la esfera económica y de su evaluación monetaria o mercantil.

En cambio, el modelo de desarrollo que está imponiendo la actual mundialización del mercado no sólo no disminuye la pobreza, sino que acentúa el productivismo y el consumismo destructores del medio ambiente y de la cohesión y solidaridad sociales, así como de la persona humana, reduciéndola a la unidimensionalidad que ya denunciaba Marcuse en los años sesenta del pasado siglo  [1]. El modelo capitalista de desarrollo que predomina en la actualidad, en realidad, se trata del “desarrollo del subdesarrollo”  [2], o del “subdesarrollo del desarrollo”  [3], en la medida en que el desarrollo de los más ricos implica el subdesarrollo de los más pobres y que la actual mundialización del mercado no hace sino ahondar la brecha entre ambos, aumentando más y más las desigualdades económicas y sociales entre unos y otros, así como las relaciones de dependencia y dominación. En cualquier caso, bien podríamos hablar del fracaso del desarrollo, sobre todo en el tercer mundo y, principalmente, en África  [4]. Los hay que van más lejos, al menos en lo semántico, al desechar el término “desarrollo” por considerar que está irremediablemente asociado al capitalismo, es decir, a la “occidentalización del mundo”  [5] o a su crecimiento  [6], el cual es el “desarrollo realmente existente”. En este sentido, los “antidesarrollistas” proponen una “sociedad de decrecimiento” para así frenar el productivismo devastador que asola el planeta y poder reconstruir el mundo, recuperando sus raíces.

Asimismo, hay autores que comparten en gran medida las críticas de los antidesarrollistas, pero que señalan que las alternativas al desarrollo propuestas por estos últimos se asemejan mucho al modelo de desarrollo alternativo promovido por los partidarios del desarrollo endógeno o autocentrado culturalmente  [7]. Estos últimos proponen un desarrollo alternativo al “occidentalizado” desde la tradición, pues consideran que las metas mismas del desarrollo, y no sólo sus medios, son los que no deben ser importados desde los países “desarrollados”. Por esta razón, habría que buscar la meta del desarrollo adaptada a una sociedad deteminada dentro del dinamismo latente del sistema de valores de dicha sociedad: sus creencias tradicionales, sistemas significativos, instituciones locales y prácticas populares. En este sentido, las metas de este desarrollo alternativo deben centrarse en mejorar en todo lo posible la calidad de vida y la sociedad, en la forma que la propia comunidad lo entiende, y restablecer de algún modo la armonía con una naturaleza seriamente dañada a causa de la depredación producida por esta naturaleza artificial que es la tecnología moderna.

En cualquier caso, resulta arbitrario concebir el desarrollo, así como la pobreza, en un sentido meramente economicista, tal y como lo están haciendo los promotores de la actual mundialización comercial y financiera, es decir, sin tener en cuenta sus dimensiones medioambientales, culturales y políticas y, en el marco de lo meramente económico, ignorando su dimensión redistributiva, con vistas a una mayor igualdad o equidad social y, por lo tanto, a erradicar la pobreza. Por el contrario, debe entenderse el desarrollo de las personas y de los pueblos como un proceso que crea y favorece las condiciones que permitan el pleno despliegue de sus facultades físicas, culturales, políticas, económicas y ecológicas  [8].

El crecimiento económico no garantiza el desarrollo ni la disminución de la pobreza

En la Consulta Global sobre el derecho al desarrollo, celebrada en Ginebra en 1990, se puso de relieve que las estrategias de desarrollo orientadas exclusivamente hacia el crecimiento económico y guiadas por consideraciones puramente financieras habían fracasado en lo que se refiere al logro de avances en la realización del derecho al desarrollo y de reducción de la pobreza, así como en el logro de un mayor grado de justicia social. El hecho de concebir el desarrollo no sólo como crecimiento económico se confirma en las distintas resoluciones adoptadas por los diferentes órganos de las Naciones Unidas, donde se insiste en que el desarrollo y su antítesis, la pobreza, no se puede medir únicamente en términos de productividad o rentabilidad, sino en función del respeto de la dignidad de la persona. En efecto, en demasiadas ocasiones se nos presenta un programa de “desarrollo” o de “lucha contra la pobreza” como un “ajuste estructural Ajuste estructural Política económica impuesta por el FMI como condición para la concesión de nuevos préstamos o para la refinanciación de préstamos anteriores. ” bajo un esquema en el cual el ser humano se ve prácticamente reducido a una simple variable económica y en el cual el criterio de eficacia está dado más en términos de rentabilidad contable que de bienestar humano

El Programa de Desarrollo, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1997, afirma claramente que “para seguir un enfoque integrado en materia de desarrollo centrado en el ser humano y alcanzar un desarrollo sostenible, el crecimiento económico no basta de por sí” (párrafo 44). En cuanto al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD Programa de las Naciones Unidas par el Desarrollo
PNUD
Creado en 1965 y con sede en Nueva York, el PNUD es el principal órgano de asistencia técnica de la ONU. Ayuda -sin restricciones políticas- a los países en desarrollo a dotarse de servicios administrativos y técnicos básicos, forma funcionarios, trata de responder a ciertas necesidades esenciales de las poblaciones, toma la iniciativa de programas de cooperación regional y coordina, en principio, las actividades locales del conjunto de los programas operativos de las Naciones Unidas. El PNUD se basa generalmente en conocimientos y tecnologías occidentales, pero un tercio de su contingente de expertos es originario del Tercer Mundo. El PNUD publica anualmente un Informe sobre el desarrollo humano, que clasifica los países según un Índice de Desarrollo Humano (IDH).
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), en sus sucesivos informes anuales sobre desarrollo humano, como por ejemplo el del año 1996, también deja claro que el fin es el desarrollo humano y que el crecimiento económico es un medio. El informe de 1997, dedicado especialmente a la pobreza, pone de relieve que «el efecto del crecimiento económico sobre la erradicación de la pobreza depende no solamente del ritmo, sino además de la modalidad de crecimiento». También el informe del año 2000 hace hincapié en que «el crecimiento económico es un medio para el bienestar humano y para la ampliación de las libertades fundamentales. No es un fin en sí mismo, con valor intrínseco. Los fines son la realización de los derechos humanos y el fomento del desarrollo». En efecto, es obvio que «el crecimiento no basta por sí solo: necesita ir acompañado de reformas de política que destinen fondos a la erradicación de la pobreza y al desarrollo humano, así como a la formación de instituciones, la formulación de normas y la reforma legislativa para promover los derechos humanos».

Así pues, no existe un vínculo automático entre crecimiento de los recursos económicos y progreso en materia de desarrollo y derechos humanos y, por consiguiente, de reducción de la pobreza. Un modelo de desarrollo que no tenga en cuenta el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos y de las libertades públicas fundamentales es un desarrollo netamente incompleto e insatisfactorio. Un ingreso elevado no garantiza que los países ricos estén libres de violaciones graves de derechos humanos, entre ellas la existencia de grandes “bolsas” de pobreza, incluso extrema, así como un ingreso bajo no impide que los países pobres hagan progresos importantes. En efecto, actualmente, en los estados más prósperos económicamente no sólo se siguen violando los derechos humanos, tanto los derechos civiles y políticos como los derechos económicos, sociales y culturales, sino que la pobreza aumenta. Por ejemplo, la expansión económica de Estados Unidos (EE.UU.) durante el decenio de los noventa no se ha traducido en una mejora de la situación de quienes carecen de vivienda, ni ha erradicado la malnutrición, ni ha mejorado los servicios de atención a la salud de los más pobres. Así pues, se da el caso de que estados con menor Producto Nacional Bruto Producto nacional bruto
PNB
El PNB expresa la riqueza producida por una nación, en oposición a un territorio dado. Comprende los ingresos de los ciudadanos de esta nación que viven en el extranjero.
(PNB) logran una mejor calidad de vida e igualdad para sus ciudadanos que otros con mayor PNB, particularmente en lo que respecta a erradicar privaciones básicas, como por ejemplo el analfabetismo y la mortalidad de lactantes  [9]. Por consiguiente, «ni el nivel ni el crecimiento del ingreso per cápita determinan el nivel de los logros en materia de derechos humanos: con el mismo ingreso no sólo son posibles resultados diferentes respecto de los diversos derechos económicos, sociales y culturales, sino también de los civiles y políticos».

Este es uno de los aspectos que pretende captar, por ejemplo, el Índice de Desarrollo Humano (IDH Indicador de desarrollo humano
IDH
Útil de medida, utilizado por las Naciones Unidas para estimar el grado de desarrollo de un país teniendo en cuenta el ingreso por habitante, el nivel de educación y la esperanza de vida media de su población.
) presentado por el PNUD en sus informes anuales, es decir, no existe una correlación directa y automática entre el nivel de ingresos económicos y la calidad de vida. En efecto, un mero aumento de dichos ingresos no reporta automáticamente una mejora de la calidad de vida, sino que hay que tener en cuenta más variables, como por ejemplo una adecuada política redistributiva de los beneficios económicos. Otro aspecto que suele no ser tenido debidamente en cuenta a la hora de hablar de desarrollo y de derechos humanos se refiere al grado de desigualdad económica y social. Incluso se da el caso de que en muchos países el crecimiento económico no sólo no mejora la situación de los sectores más vulnerables y desfavorecidos, sino que la empeora, utilizando importantes recursos en la represión de aquellos que osan protestar. Este es el caso de varios Estados africanos con importantes recursos minerales o petrolíferos (Nigeria, Congo, Guinea Ecuatorial, etc.) o diamantes (Liberia, Sierra Leona, etc.), los cuales suelen estar inmersos en graves conflictos internos que desembocan en sangrantes guerras civiles, alimentadas precisamente por el dinero obtenido en la exportación de esos recursos de su subsuelo, el cual se dedica en gran parte a la compra de armamento y entrenamiento de fuerzas militares y paramilitares para la represión y aniquilación de opositores (caso de Colombia, en América Latina, por ejemplo).

Resulta necesario, por lo tanto, revisar las prioridades a la hora de asignar recursos presupuestarios y elaborar políticas económicas más beneficiosas para los sectores más desfavorecidos y desprotegidos. El desarrollo humano debe caracterizarse por la transparencia, la equidad y la no discriminación, frente a otro tipo de procesos en los que se pretende un mero crecimiento a toda costa, sin parar mientes en su coste humano y ecológico y en si los beneficios van a ser equitativamente repartidos o no. En su tercer informe, el experto sobre el derecho al desarrollo de las Naciones Unidas afirma que «puede producirse un aumento espectacular de las industrias de exportación con mayor acceso a los mercados mundiales, pero sin integrar en el proceso de crecimiento a los sectores económicos más atrasados y sin superar una estructura económica doble» y, además, venir acompañado de «crecientes desigualdades o disparidades y una concentración cada vez mayor de riqueza e influencia económica, sin mejora alguna en los índices de desarrollo social, educación, salud, igualdad de género y protección ambiental»  [10].

Así pues, es necesario equilibrar el crecimiento económico con el desarrollo social y con el respeto y preservación del medio ambiente. Un auténtico desarrollo humano y sostenible no es posible si no se reconocen y respetan todos los derechos económicos, sociales y políticos, pues sólo así se consigue el equilibrio social necesario para lograr una convivencia pacífica duradera. Por esta razón, hay que combatir la creencia intencionadamente promovida por los poderes hegemónicos de que ante todo hay que potenciar el crecimiento económico, presuponiendo que todo lo demás vendrá después automáticamente: nada mas incierto, pues como se ha señalado, no existe un nexo automático entre el crecimiento económico y el progreso en materia de desarrollo y derechos humanos, así como en la disminución de la pobreza.

De hecho, la industrialización puede ser un proceso que, desprovisto de su dimensión humana, provoca el debilitamiento de la cohesión social y de la solidaridad humana, favoreciendo la marginación y el empobrecimiento, tal y como lo muestra la existencia de niveles importantes de pobreza en países de industrialización muy avanzada. El desarrollo es un proceso cuyo objetivo es alcanzar el bienestar de todos, lo cual exige el disfrute de los derechos humanos por parte de todos. Esta es la diferencia fundamental respecto de los procesos de desarrollo que sólo contemplan las variables económicas, como es el caso de los «programas de ajuste estructural» patrocinados por las instituciones financieras internacionales (FMI FMI
Fondo monetario internacional
El FMI nace, el mismo día que la Banca mundial, con la firma de los acuerdos de Bretton Woods. En su origen el rol del FMI era defender el nuevo sistema de cambios fijos instaurado.

A la finalisación de estos acuerdos (1971), el FMI es mantenido y se transforma paulatinamente en el gendarme y el bombero del capitalismo mundialisado : gendarme cuando impone los programas de ajuste estructural ; bombero cuando interviene financiaramente para sostener los países tocados por una crisis financiera.

Su modo de decisión es el mismo que el del Banco mundial y se basa sobre una repartición del derecho de voto en proporción a los aportes de cotisación de los países miembros. Estatutariamente es necesario el 85% de los votos para modificar la Carta del FMI (los EE.UU. poseen una minoria de bloqueo dado a que posees el 16,75 % de voces). Cinco países dominan : Los EE.UU. (16,75 %), el Japon ( 6,23 %), la Alemania (5,81%), Francia (4,29 %), y Gran Bretaña (4,29%). Los otros 177 Estados miembros estan divididos en grupos dirigidos, cada vez, por un país. El grupo más importante (6,57%) esta dirigido por Belgica. El grupo menos importante (1,55% de voces) precidido por el Gabon (países africanos).

Su capital está compuesto del aporte en divisas fuertes (y en monedas locales) de los países miembros. En función de este aporte, cada miembro se ve favorecido con Derechos Especiales de Giro (DEG) que son de hecho activos monetarios intercambiables libre e inmediatamente contra divisas de un tercer país. El uso de estos DEG corresponde a una política llamada de estabilización a corto plazo de la economía, destinada a reducir el déficit presupuestario de los países y a limitar el crecimiento de la masa monetaria. Esta estabilización constituye frecuentemente la primera fase de intervención del FMI en los países endeudados. Pero el FMI considera que en adelante es tarea suya (tras el primer choque petrolero de 1974-1975) actuar sobre la base productiva de las economías del Tercer Mundo reestructurando sus sectores internos; se trata de una política de ajuste a más largo plazo de la economía. Lo mismo sucede con los países llamados en transición hacia una economía de mercado. (Norel y Saint-Alary, 1992, p. 83).

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y BM, principalmente), posteriormente rebautizados bajo el señuelo de “estrategias para la lucha contra la pobreza”.

En definitiva, un alto crecimiento puede traducirse en un escaso desarrollo, mientras que un pequeño crecimiento puede bastar, si va acompañado de una política redistributiva equitativa, para lograr grandes avances en materia de desarrollo humano y de reducción de la pobreza. Además, el crecimiento económico no es tanto una precondición del desarrollo y de disminución de la pobreza como lo puede ser un reparto más equitativo de la riqueza. Es decir, la redistribución de la riqueza mediante políticas redistributivas equitativas por parte de los poderes públicos en favor de los grupos e individuos más pobres, vulnerables y desfavorecidos sí es condición necesaria del desarrollo en su sentido humano, social y sostenible y, por consiguiente, de la reducción de la pobreza.

El crecimiento económico puede ser necesario en la medida en que la construcción de escuelas, de centros de salud o de otros servicios sociales, adecuadamente dotados, se traduce en crecimiento económico. Lo mismo sucede si se incluyen en la contabilidad pública y privada los trabajos denominados “invisibles” por no estar remunerados, como los trabajos domésticos del hogar y de asistencia familiar y social, mayoritariamente efectuados por mujeres. En cualquier caso, hay que desmitificar el crecimiento económico como panacea indispensable, en particular en lo que se refiere a la erradicación de la pobreza, pues como se ha dicho, la actual mundialización financiera y comercial puede que estimule el crecimiento económico, pero no sólo no está erradicando la pobreza, sino que está provocando un enorme aumento de las desigualdades económicas y sociales. Asimismo, este modelo de mundialización continúa destruyendo a pasos agigantados los ecosistemas naturales y degradando el medio ambiente de manera acelerada, sin tener en cuenta que los recursos naturales son limitados y que el aumento de la explotación humana va en contra de la dignidad y del disfrute de todos los derechos humanos por parte de todos, principalmente de los más vulnerables y desfavorecidos.

Además, el modelo productivista y consumista de los paises más industrializados en la actualidad es devastador e inexportable debido a que se han desbordado con creces los límites razonables, pues si los países más pobres consumieran y produjeran con la misma intensidad que los más ricos necesitaríamos un planeta de dimensiones muy superiores para que pudiera soportarlo. En efecto, partiendo del hecho de que los ecosistemas naturales tienen una capacidad limitada para reciclar, reabsorber o recuperarse de la presión a que están siendo sometidos por la actividad industrial y el consumo humanos, y de que éstos pudieran medirse en la superficie terrestre necesaria para soportar dicho consumo, un ciudadano de EE.UU., requiere para su consumo cotidiano (el «american way of life») como promedio 9,6 hectáreas, un canadiense 7,2 y un europeo 4,5, mientras que el límite estimado a escala planetaria se sitúa en 1,4 hectáreas. Actualmente, se necesitaría ya un área equivalente al 120% de la actual superficie terrestre. Si todo el planeta consumiera y produjera como EE.UU. necesitaríamos un planeta cuatro o cinco veces más grande. Por lo tanto, el actual modelo de crecimiento económico sólo puede favorecer a unos pocos privilegiados, en detrimento de la mayoría de la población, incluidas las denominadas clases medias y, sobre todo, las más pobres, fomentando así una sociedad cada vez más desigual e injusta.

La universalidad de los derechos humanos y la globalización “neoliberal”

La universalidad, interdependencia e indivisibilidad del conjunto de los derechos humanos han sido proclamadas reiteradamente en el contexto de las Naciones Unidas. En lo que se refiere a la universalidad, debe señalarse que las normas relativas a los derechos humanos adoptadas en el marco del sistema de las Naciones Unidas suponen el más amplio consenso conseguido hasta hoy por la comunidad internacional a este respecto sin pretender, en principio, imponer ningún tipo de hegemonía jurídica, política o cultural, en particular la «occidental». Cada estado y cada gobierno, en el ejercicio de la soberanía que formalmente sus ciudadanos les confían, tienen la potestad de «adaptar» dichas normas a las peculiaridades políticas, religiosas y culturales de dichos ciudadanos, pero en ningún caso contradecir abiertamente lo dispuesto en los diferentes tratados internacionales sobre derechos humanos.

El derecho de actuar conforme a las propias convicciones culturales o religiosas se encuentra limitado desde el momento en que suponga infringir otro derecho humano fundamental, razón por la cual no deben invocarse e interpretarse los derechos culturales de manera tal que traten de justificar la violación o denegación de otro u otros derechos humanos y libertades fundamentales propios o de otras personas. En realidad, si bien los derechos humanos pretenden ser universales, hoy por hoy, todavía no están aceptados universalmente. No obstante, debe reconocerse el gran avance conseguido en favor de esta universalidad, más en la teoría que en la práctica, desde la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Bastante más discutible es la supuesta universalidad del actual modelo dominante de economía de mercado en su versión «neoliberal». Tal y como está evolucionando este modelo económico, poco tiene que ver con la universalidad inherente a los valores en que se inspiran el espíritu y la filosofía de los derechos humanos para declinar en una sociedad cada vez más caótica, imprevisible y desordenada en provecho de una minoría privilegiada  [11]. En mi opinión, resulta perfectamente legítimo reivindicar modelos de desarrollo respetuosos con los derechos inherentes a la dignidad de todo ser humano sin tener que someterse a las relaciones de dominación inherentes a la economía de mercado, en particular, al actual modelo de mundialización comercial y financiera dirigido por las grandes empresas y bancos transnacionales, los aparatos de estado (y, especialmente, un elemento que con frecuencia se soslaya: sus aparatos militares  [12]) de los países más industrializados, así como por las instituciones financieras y comerciales internacionales (FMI, BM y OMC Organización Mundial del Comercio
OMC
Firmado el acuerdo el 15 de abril de 1994 y en vigencia desde el 1º de enero de 1.995, la OMC sustituye al GATT (Acuerdo general sobre aranceles y comercio). La mayor innovación introducida es que la OMC posee el estatuto de organización internacional. Su función es asegurar que ninguno de sus miembros se entregue a cualquier tipo de proteccionismo, a fin de acelerar la liberalización mundial de los intercambios comerciales, de favorecer las estrategias de las multinacionales. Está dotada de un tribunal internacional (órgano de resolución de conflictos) que juzga las eventuales violaciones de su texto fundador de Marraquech.
). Estos últimos lo único que persiguen es la expansión geográfica de la economía de mercado, en su versión más ultraliberal, por todos los confines del planeta y para todo tipo de actividades humanas, como si todo fuera mercantilizable. Bajo mi punto de vista, lo que resulta descabellado, y sobre todo injusto, es tratar de imponer un único modelo de desarrollo para la amplia gama y la multitud de pueblos y culturas que conforman nuestro planeta.

Los pueblos indígenas, así como las poblaciones de muchos países menos industrializados, dan fe de que se puede vivir dignamente sin caer en el consumismo devastador del medio ambiente y de la personalidad humana de los países altamente industrializados. Los derechos humanos, entre otras cosas, se han creado también para hacer posible estos modelos alternativos de convivir y desarrollarse como personas, con plena dignidad y bienestar, sin agredir al medio ambiente, y al margen de un consumismo y de un modelo económico que en la versión dominante actual, de tipo neoliberal, no tolera la libertad de vivir de otra manera, es decir, al margen del mercadeo continuo, del casino bursátil, de la sobreexplotación laboral y del saqueo de la naturaleza.

La actual mundialización o globalización económica conlleva una extensión de las relaciones de mercado no sólo en su dimensión geográfica y demográfica, sino también en las esferas más íntimas e internas del ser humano. Todo es comercializable, hasta el genoma y la vida humana: el dinero es la libertad y con dinero se puede hacer y conocer lo que uno desea. Por el contrario, sin dinero en el mercado no se es nadie. Pero lo peor de todo sea, quizás, que la expansión del mercado por todos los confines de la sociedad y de la persona humana se realice a costa de negar toda posibilidad, es decir, toda libertad de sustraerse a dicho mercado y al dinero. De ahí que los pueblos, las culturas y las personas que aún optan por conservar costumbres y modos de vida tradicionales, ancestrales o particulares estén en la actualidad, donde todavía pueden subsistir, agonizando lenta e irremediablemente ante el inexorable avance del mercado y del dinero.

Sin embargo, en los países «desarrollados» asistimos impasibles, sin apenas enterarnos, al genocidio que implica la expansión mundial del actual modelo económico dominante, tanto en los países “desarrollados” como en «vías de desarrollo», porque los medios de comunicación de alcance general, a su vez, responden también a criterios de mercado y, por lo tanto, se subordinan a su dominio. De ahí que apenas se informe debidamente de estos aspectos de la mundialización. En cualquier caso, desde el punto de vista del derecho al desarrollo y de los derechos humanos, corresponde a cada pueblo, si se lo permite el estado al que pertenece (en realidad, el estado no debería ser más que su emisario), decidir qué modelo de desarrollo le resulta más apropiado según sus características y circunstancias, eso sí, dentro del respeto de los valores universales en que se inspiran los derechos humanos. Es decir, no existe ningún modelo de desarrollo igualmente válido y apropiado para todos los pueblos y culturas, aunque sí existen unos valores y unos derechos con carácter universal en la medida en que están indisolublemente vinculados con la idea de dignidad de la persona humana, sea cual sea la cultura o pueblo al que se pertenezca. Sin embargo, el modelo de mundialización económica que se está imponiendo por todos los rincones del planeta limita enormemente, por no decir que anula casi completamente, la libertad de cada pueblo de elegir el modelo de desarrollo que mejor se adapte a sus características particulares.

Las políticas de desarrollo y de reducción de la pobreza deberían ser elaboradas principalmente por las personas y grupos afectados porque nadie mejor que ellos para comprender cuáles son sus circunstancias y sus necesidades específicas. Todos los pueblos y todas las culturas forman parte de la herencia y del patrimonio común de la humanidad, y merecen igual respeto y consideración a la hora de preservarlos. Igualmente, deberían tenerse en cuenta las consideraciones medioambientales, pues los ecosistemas también son patrimonio común de la humanidad y de los pueblos que los habitan. Los valores fundamentales y universales en que se fundamentan los derechos humanos y la dignidad de la persona humana también pueden considerarse como patrimonio común de la humanidad y deberían ser respetados, protegidos y promovidos.

El actual modelo de mundialización económica, impuesto por los estados más ricos e industrializados, las instituciones financieras y comerciales internacionales (FMI, BM y OMC, a la cabeza), así como por las empresas transnacionales y los grandes bancos privados, implica contradicciones difícilmente asumibles desde el punto de vista de los derechos humanos al propugnar, mejor dicho imponer, la libertad de circulación de capitales (que no son seres vivos), así como la eliminación de límites a dicha circulación, mientras que los gobiernos de los países más industrializados, principalmente, no dudan en obstaculizar todo lo que pueden la libertad de circulación de las personas humanas (que es un derecho humano fundamental) en busca de trabajo y de unas condiciones de vida dignas mediante legislaciones restrictivas y contrarias a normas internacionales al respecto inclusive.




Nicolás Angulo Sánchez : Autor de El derecho humano al desarrollo frente a la mundialización del mercado, editorial IEPALA, Madrid 2005 (http://www.revistafuturos.info).

Notas

[1Véase MARCUSE, Herbert: El hombre unidimensional, ed. Seix Barral, Barcelona 1972.

[2Véase HARRIBEY, Jean Marie: Quel développement pour une société solidaire et économe ?, en la revista “Les autres voix de la planète”, périodique du CADTM (Comité pour l’Annulation de la Dette du Tiers Monde), núm. 23, junio de 2004, Lieja (Bélgica).

[3Véase GUNDER FRANK, André: El subdesarrollo del desarrollo. Un ensayo autobiográfico, colección “Cooperación y Desarrollo” n° 12, ed. IEPALA, Madrid 1992.

[4Véase AMIN, Samir: El fracaso del desarrollo en África y en el Tercer Mundo. Un análisis político, colección “Cooperación y Desarrollo” n° 9, ed. IEPALA, Madrid 1994.

[5Véase LATOUCHE, Serge: En finir, une fois pour toutes, avec le développement, en “Le Monde diplomatique”, mayo de 2001.

[6Véase FERNÁNDEZ DURÁN, Ramón: El desorden se dispara, en el libro “FMI, Banco Mundial y GATT, 50 años bastan. El libro del Foro Alternativo. Las otras voces del planeta”, ed. Talasa, Madrid 1995.

[7Véase GOULET, Denis: Ética del desarrollo, ed. IEPALA, Madrid 1999.

[8Véase MARTÍNEZ NAVARRO, Emilio: Ética para el desarrollo de los pueblos, ed. Trotta, Madrid 2000.

[9Por ejemplo: «hay marcado contraste entre Sudáfrica, con un ingreso per cápita de 3.310 dólares, y Vietnam, con un ingreso per cápita de 350 dólares. La mortalidad de lactantes es de 60 por mil nacidos vivos en Sudáfrica y de 31 en Vietnam. El índice de analfabetismo entre los adultos es del 84,6% en Sudáfrica y del 92% en Vietnam» (Véase informe sobre desarrollo humano del PNUD para el año 2000).

[10Véase el documento de Naciones Unidas E/CN.4/2001/WG.18/2.

[11Véase TAIBO, Carlos: Cien preguntas sobre el nuevo desorden, ed. Punto de lectura, Madrid 2003.

[12Véase PASTOR, Jaime: Geopolítica, guerras y ‘balcanes globales’en el libro “Guerra global permanente. La nueva cultura de la inseguridad”, ed. Catarata, Madrid 2005.

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